Alguna vez soñé que:
Justo en estos días han venido a mi mente algunas ideas sobre la gratuidad de la educación pública y las diferencias sustanciales que mantiene con las instituciones privadas o particulares. Según el artículo 3o. constitucional, la impartición de la educación por parte del Estado mexicano debe ser inclusiva, laica y gratuita; esto último, está reflejado específicamente en lo que respecta a los salarios de los docentes. Si no fuera por este factor, el de los sueldos de los trabajadores de la educación, no tendría razón ni justificación que se conservara esta etiqueta.
Hay otro tipo de casos, relacionados con la infraestructura y el mobiliario, en que las autoridades de distintos niveles gestionan recursos para mejorar las condiciones de los planteles, pero no son constantes ni equitativos. Ejemplo de esto último es que mi centro de trabajo lleva ya seis años funcionando sin tener un espacio propio ni adecuado para la atención de jóvenes de Media Superior. Si no se ha logrado consolidar, es porque no se han alineado los astros para poder comprar un terreno (a cargo de la comunidad o, más difícil todavía, sólo del Comité de Padres de Familia), la construcción de tres aulas (gestión con el gobierno municipal), ni para proveer de suficiente equipo de cómputo y acceso a internet. Por lo demás, ganas y voluntad no faltan (no me acusen de ingenuo por lo último).
Creo que mi plantel (ubicado en una zona rural) no es el único que padece de estas y otras carencias, según constato en una publicación que en los últimos días se ha popularizado a pesar de ser de septiembre de 2018. Como esa, han surgido otras imágenes que tienen como trasfondo el hacer notar que la aportación de cuotas es importante para que una escuela cubra los servicios básicos para brindar la mejor atención a la comunidad escolar.
Este tema cada año es discutido, pero cobra mayor relevancia en el contexto en el que nos encontramos; estamos en medio de una pandemia que, además de las afectaciones a la salud pública, ha mermado la economía de grandes sectores de la población. Se añade que recientemente se ha aprobado la Ley de Educación del Estado de Puebla, donde se toca el punto de la fiscalización de los recursos que son manejados por instituciones públicas y privadas, y si bien se refiere a las de educación superior, no se puede dejar de lado el análisis de lo que sucede en otros niveles. ¿Las cuotas son excesivas o insuficientes? ¿quién garantiza el ejercicio correcto de esas aportaciones? ¿son baluarte de calidad de la educación? En el caso de las escuelas públicas, ¿son realmente voluntarias?
Mucho de eso depende de la capacidad de quien dirige una institución y del compromiso de los representantes de los tutores (APFs y otros comités), así como la honestidad de todos ellos para identificar las verdaderas necesidades de un plantel.
Teniendo en cuenta estas ideas y retomando la publicación de la maestra Marcela Villarreal, hay que reconocer que los trabajadores de la educación hacen esfuerzos sobrehumanos y que traspasan los límites de sus responsabilidades laborales. Pero no se vale romantizar, porque esas deficiencias de la escuela pública son, entre otras, las que la demeritan y dan razones para que quien pueda opte por la educación privada.
O ¿por qué hay gente que prefiere las escuelas particulares?, ¿es sólo una cuestión de estatus? Habrá quien sí le interese ganarse un prestigio con base al nombre de una institución, pero en general los padres de familia desean que sus hijos tengan frente a ellos a un docente con vocación que los oriente conforme sus necesidades de aprendizaje y les permita acceder a un mejor futuro, sin importar que se tenga que pagar más en cuestión de cuotas en las instituciones públicas o en colegiaturas para las privadas.
Por otro lado, también existe personal que está dado por vencido, resignado a que el contexto en el que se encuentra está definido hacia la derrota, piensa que necesita de todos los recursos para poder compartir el conocimiento (sin ser, su centro de trabajo, necesariamente del ámbito rural). En esos casos lo que falla es la actitud del docente, que se cree saboteado por el destino a pesar de tener asegurado el sueldo quincenal, con prestaciones incluidas, vacaciones pagadas, aguinaldo envidiable.* A ellos es a quienes cabría preguntar: ¿se atreverían a ser el maestro de sus propios hijos? Ojalá que la respuesta fuera firme y fuera 'sí', pero es curioso ver a profesores del sistema público que mandan a sus hijos a escuelas particulares. ¿En qué radica esa decisión?
Como sea, no se trata de poner un sector en contra del otro; se deben observar las bondades de cada uno y aprovechar las ventajas que hay en cada ambiente para que haya mejoras en sus respectivos contextos, tanto para los alumnos como para los trabajadores. Es a final de cuentas el mismo sistema educativo, es a beneficio del mismo país.
Por último, durante esta semana en el Podcast estuvo disponible una conversación que tuve con un gran amigo que labora en una prestigiada escuela particular. Si lo atienden, se pueden dar cuenta de que en todas partes hay áreas de oportunidad y que nadie la tiene fácil.
* Hay excepciones y muchos compañeros tienen pendiente su formalización.
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Al igual que Tú, también he soñado: